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jueves, 14 de febrero de 2013
miércoles, 7 de marzo de 2012
sábado, 30 de abril de 2011
martes, 24 de agosto de 2010
Fogwill: rebeldía y ruptura
Los reportes de las agencias de noticias fueron escuetos: "El escritor y sociólogo argentino Rodolfo Fogwill murió hoy (sábado, 21) en Buenos Aires a los 69 años, víctima de un enfisema pulmonar". La mayoría de las crónicas de su velatorio en la sala Augusto Cortázar de la Biblioteca Nacional, en Buenos Aires, también apelaron a los textos breves, sin vueltas retóricas. No se lo lloró mucho, sonó música clásica (la que a él le gustaba: Schubert y Beethoven) en la sala, eran los elementos centrales de estos textos.
Damián Ríos (escritor, novelista, poeta, entrerriano y amigo de Fogwill) declaró entonces al diario Clarín: "Quique -varios insisten con llamarlo así, aunque él quisiera imponer el `Fogwill` a secas como marca registrada- fue un motor constante de la literatura argentina. Operaba, llamaba y leía todos los días para mover nuevos autores, nuevos temas, nuevos enfoques y todo lo hacía desinteresadamente. Abrió el juego para que la nueva generación de escritores fuera más allá de Alan Pauls y Sergio Bizzio, por eso queda un vacío muy grande". Además, hay que decirlo, fue un provocador. Lo hizo en su escritura desde Muchacha punk, hasta Runa, Los archipiélagos, Cantos de marineros en las pampas, Últimos movimientos. También lo hizo en sus conferencias, como la que dio pocas semanas atrás en Montevideo, durante el Festival Eñe, en el Centro Cultural de España. No era apto para pacatos, ni formales. La rebeldía y las rupturas también fueron de la mano de las adicciones, el deterioro físico, lo que habitualmente se tacha de locura, el enfisema pulmonar que, al final, le costó la vida. Se murió como vivió, han dicho muchos. Pero la pérdida es importante, aunque su notable escritura y estilo, no parecen fáciles de enterrar. Tienen esa virtud de pegar directo en la sensibilidad, y a la vez dejar huellas con su manejo de la forma, los períodos narrativos, la elección de un lenguaje que cuenta y transforma la realidad.
Rodolfo Enrique Fogwill nació en Quilmes, Buenos Aires, el 15 de julio de 1941. Pasó por la sociología, fue hombre de empresa. En 1980, su cuento Muchacha punk recibió un premio que le permitió hacer de la escritura su razón y medio de vida, hasta convertirse en uno de los autores más importantes de las últimas generaciones en su país: "planteada una buena antología de treinta cuentos argentinos, que incluyera las mejores piezas, compilada por un imparcial juez de cuentos, libre de amiguismos y compromisos, allí, en el primer escalón, Fogwill estaría compartiendo espacio con Borges, con Artl, con Roberto Fontanarrosa", escribió el crítico y escritor Elvio Gandolfo, en el prólogo a Cuentos completos de Fogwill.
Más información:
sábado, 8 de mayo de 2010
Los textos del Bicentenario: El lugar del escritor
En un artículo publicado en ADN, Alvaro Abós opina que una buena manera de celebrar nuestros doscientos años podría ser recordando los libros que nos definen como país.
“Cabe preguntarse qué sería de este país sin sus libros -dice-. Sin el Martín Fierro impreso en papel de estraza que vendían los pulperos. Sin El matadero, ese cuento tan feroz que tuvo que mantenerse guardado treinta años antes de ver la luz, ese cuento que enseña cómo la violencia y el crimen fueron la matriz que nos fundó y cuánto hemos penado por contenerla y agotarla, a veces, sin conseguirlo”.
“¿Qué sería de este país sin el Facundo, que sigue siendo el libro que nos explica mejor que el último éxito de la mesa de novedades?”, continúa Abós, y su artículo remite en parte al discurso de Tomás Eloy Martínez en la apertura de la Feria del Libro 2004, cuando dijo que esta nación no fue creada por la espada sino por el libro, y generó bastante controversia..
Más allá de la polémica, lo cierto es que por diversas circunstancias la Argentina ha ido perdiendo algunas características que la destacaron desde su origen, y que se relacionan con la idea de un país culto, basado en el esfuerzo y el trabajo y respetuoso de la actividad intelectual. No sólo pudimos enorgullecernos de tener una escuela pública modelo, que garantizaba la igualdad de oportunidades y el ascenso económico y social. También tuvimos una universidad estatal de excelencia, constituimos el mayor polo cultural de América latina, y nuestra industria editorial fue pionera en el mundo de habla hispana.
Hoy, en cambio, los intelectuales viven y trabajan en una sociedad en la que la cultura importa poco. Son ignorados por la mayoría de sus compatriotas, que rara vez los leen, y la difusión de sus obras se limita a poco más que los suplementos culturales de algunos diarios (a propósito de esto, Arturo Pérez Reverte comparó los suplementos con la orquesta del Titanic, que seguía tocando mientras todo se venía abajo, lo que nos trae el consuelo de pensar que se trata de un fenómeno universal).
Sin embargo todos los años, durante tres semanas, el libro logra un protagonismo inusitado y llega a los noticieros y las tapas de los diarios. Aunque la Feria del Libro se agota en sí misma -ya que su convocatoria no se traduce en mayores visitas a librerías o bibliotecas- su importancia es grande y vale la pena apoyarla y aprovecharla.
Pero en esta edición algunas cosas cambiaron. Por razones no del todo aclaradas, en la ceremonia de apertura no se escuchó la voz de ningún escritor. Y más allá de las multitudes, y las ventas, y de todo lo bueno que sabemos que la Feria tiene, los actos culturales más difundidos y recordados fueron, paradójicamente, aquellos en los cuales los autores no pudieron hablar.
domingo, 28 de marzo de 2010
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